| "Si va por la mañana, el dorado intenso
de la estatua le encandilará la vista. Mejor es al anochecer.
Silbará El Danubio Azul, el vals más famoso de Strauss.
Es la contraseña. Cuando se dé por aludido pregúntele
si puedo contar con él para un próximo concierto."
Dije adiós a Lennon y me marché del parque sin
dejar, cada minuto, de mirar hacia atrás, pero ya el beattle
permanecía inmóvil, como debe ser.
Fue fácil localizar a Johann Strauss y después
bastó con silbar unos segundos el vals.
-¿Qué sucede y quién es ustedes?-, espetó
de pronto el señor músico. Ah, bueno
Otra
estatua parlanchina, ¿verdad? Pensé y le respondí.
Es que Lennon quiere saber si puede contar con usted para un concierto.
-Claro que sí -respondió eufórico- es bueno
que sepa que soy la única réplica de mi estatua
original, la cual permanece en Viena. Y créame, aquí
me siento de maravillas. Cuando el sol brilla juego a creerme
de oro y todas las personas que me observan emiten comentarios
favorables. Los cubanos son muy ocurrentes. "Dígale
a Lennon que cuente conmigo. Mi violín lo acompañará
gustoso."
Tengo que despedirme
-No se marche aún -dice Strauss- necesito hacerle un encargo.
Lléguese a la intercepción de las calles 23 y
J. Allí encontrará un personaje muy conocido
convertido en estatua. Dígale que cerca de aquí
hay unos molinos de viento de muy mala fama." No se preocupe,
le daré su mensaje. Quede usted bien.
Y de nuevo a caminar. Llego ante otra estatua de hierro. La figura
casi esquelética está montada a caballo y la expresión
de toda su osamenta trasmite fuerza. Sin duda alguna es Don
Quijote de la Mancha.
Sancho, digo, e inmediatamente me mira. ¡Ya es mío!,
pienso, pero con la misma rapidez lo veo volver a su posición
inicial. Don Quijote, insisto, por favor, traigo un mensaje de
Strauss para usted. ¿No me escucha o no quiere atenderme?
-Bella mujer, ¿no comprende que debo esperar a que estemos
solos para responder? Puede decirle a Strauss que esta misma noche
iré a desfacer el entuerto. Blandiré mi arma contra
tales vasallos rebeldes. Ahora bien, necesitaré la ayuda
de un amigo. Ya estoy un poco viejo para batirme solo. La última
vez prefiero no recordarla, hasta a Rocinante le dio por buscar
pasto a esa hora. Por eso necesito que le lleve un mensaje a mi
amigo Hasecura. Él está en la Avenida del Puerto,
frente a la bahía, en el Casco Histórico de la Ciudad.
Dígale que cuento con su espada para un combate a muerte."
Será mañana, respondo, ya estoy cansada
Pero
pierdo palabras. Ya me había olvidado y vociferaba algo
a Sancho sobre Dulcinea
Mejor llevar pronto el mensaje, pensé, en definitiva será
el último. Y llegué al lugar indicado, ahí
está Hasecura Trunenaga. Por cierto, alguien comenta
que fue el primer samurai que pisó tierra cubana, allá
por el lejano 1614.
Me recibe con disgusto, muy circunspecto, y dice: -Estoy harto
de explicarle al Quijote que no me envíe más emisarios
humanos, son preferibles las palomas. Pero sí, claro que
asistiré al combate. Mi afilada espada hará temblar
al enemigo."
Si alguien pasara cerca de nosotros, no notaría nada extraño.
El guerrero japonés apenas mueve los labios para hablar
y sus pausados gestos resultan casi imperceptibles.
Dejé solo a Hasecura y caminé buscando un coche
para regresar a casa. Y vaya suerte la mía, otra estatua
y me hace señas
Es el Caballero de París.
Me indica con la mano que me acerque y realmente no puedo negarme.
Él está presente en mis recuerdos de infancia. Fue
un personaje real y durante muchos años deambuló
por las calles habaneras.
Era demente, pero sabio. Nunca pidió limosna. Coleccionaba
libros y periódicos. Comía poco. Muy educado y cortés
con todos, especialmente con las mujeres a las que regalaba versos
de amor de su autoría. Decía que en Europa tenía
linaje pero nadie quiso investigar. Prefirieron que se quedara
en Cuba y encontrarlo en cualquier esquina con su saco de color
negro y su pelo muy largo.
-Ahora -me dice- paso días preciosos. Cubanos y extranjeros
quieren tener fotos de este hombre de alcurnia que soy yo. Los
niños me dan la mano y los hombres me observan con envidia,
tal vez por las miradas de amor que me lanzan las mujeres. "Mis
restos mortales descansan a escasos metros, en el convento
de San Francisco de Asís, junto a otros caballeros
ilustres. Pero para la inmortalidad estoy aquí, marcando
el paso que algún día daré."
Siento deseos de besarlo en la frente, pero las gentes quizás
se burlen ¿Recuerda lo que le conté al principio sobre
mis estatuas..? Ahora queda por usted: Venga, vea y saque sus propias
conclusiones.
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