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Al pasear por las calles santiagueras, el visitante puede disfrutar
del sortilegio de las rejas coloniales, que adornan las antiguas
casonas, expresión de líneas arquitectónicas
de otra época.
En el mismo centro de la ciudad está el Parque Céspedes,
frente a la catedral, que conserva su majestuoso lugar
desde 1515, cuando se fundó allí la primera
iglesia.
Adornan igualmente el entorno del parque, el viejo Ayuntamiento,
hoy sede del Gobierno territorial, y la casa-museo del colonizador
Diego Velásquez, considerada la más antigua de América.
Esa instalación llama la atención por sus torneados
balaustres de madera, que protegen los ventanales, un lustroso
piso de tabloncillo encerado y antiguos muebles de diferentes
estilos, exponentes de otros tiempos, dignos de ver.
Caminando un poco más, como si fuéramos al encuentro
de la Plaza de Marte, está la cafetería La Isabélica,
que hace honor al cafetal de un hacendado francés, instalado
en la zona de La Gran Piedra.
En ese acogedor lugar, de pisos adoquinados, muebles rústicos
de maderas preciosas, complementados con cuero, se puede degustar
un aromático café, que hay quienes prefieren acompañar
con un chorrito de ron, de menta, o de hielo frappé.
Santiago de Cuba da la opción de contemplar su bahía
desde sus empinadas calles, y sigue conservando la poesía
y el encanto de su gente solidaria. Continúa resguardando
sus añejadas construcciones y sitios tan curiosos como
la calle Padre Pico, con sus múltiples escalones.
La carretera turística, la playa Siboney o el poblado
marítimo de La Socapa, son lugares de gran belleza,
que dejan en quienes lo visitan una huella perdurable. |