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1762, los ingleses atacan La Habana. 1763,
los habitantes de la villa de San Cristóbal de La Habana
expulsan a los ingleses
La metrópolis española comprendió entonces
la imperiosa necesidad de construir una defensa para la Isla,
su colonia. Nació así la fortaleza San Carlos
de la Cabaña, a la entrada de la preciosa bahía
habanera.
Más de 1700 hombres, en su mayoría esclavos y prisioneros,
con picos, coas y palos se ocuparon de las excavaciones en el
rocoso suelo, las cuales debían alcanzar entre 10 y 15
metros de profundidad. Siempre se ha dicho, y con razón,
que entre esas paredes, techos y pisos hay mucha sangre y sudor
incrustados, pues para los trabajadores las condiciones eran pésimas:
alimentación mínima, escaso vestuario y agotadoras
jornadas a altas temperaturas.
Cuando en 1774 la fortaleza de San Carlos de la Cabaña
quedó inaugurada, con sus 45 pies sobre el nivel del mar
y 150 metros a lo largo de la ensenada, fue declarada como la
obra cumbre del sistema español de construcciones militares.
Su estilo ecléctico se explica por las influencias francesa,
italiana y holandesa. Esta magnífica edificación
está dotada de almacenes, rampas, bóvedas y profundos
pozos con capacidad para 2000 hombres.
Además de construcción para la defensa, también
La Cabaña fue concebida como presidio y en este desempeño
es bien triste su historia. Pero hasta en la más completa
oscuridad se filtra siempre un rayito de sol, que en este caso
se llamó El Cañonazo.
En el siglo XVI, por orden militar y desde un buque anclado en
la bahía, eran disparados todos los días 2 cañonazos,
uno a las 4 y 20 de la madrugada y otro a las 8 de la noche; el
primero como diana y el segundo para la retreta. Con el paso del
tiempo se levantó una muralla que rodeaba toda la ciudad
para protegerla de los ataques de corsarios y piratas, entonces
los cañonazos orientaban a los vecinos el momento de apertura
y cierre de sus 9 puertas.
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