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En la planta baja, en la zona que antaño sirvió
de cochera, en este momento se muestra una buena colección
de carruajes antiguos, como quitrines, berlinas y transportes
colectivos. Una máquina de vapor ocupa lugar destacado
junto a los primeros carros de bomberos con equipos y vestuarios.
En el entresuelo aguardan exposiciones de estatuas y lápidas,
casi todas esculpidas sobre magníficos mármoles
italianos. Muchas de estas estatuas, respondiendo a los mandatos
de la moda del siglo XIX, sirvieron antes de ornamentos en plazas
públicas y jardines.
Si hasta este instante del recorrido el visitante no ha sentido
azuzada su curiosidad, que prepare sus sentidos para emociones
más fuertes. La planta alta no lo dejará impasible.
Es el área principal del Palacio y allí podrá
apreciar mobiliarios y decoraciones de épocas pasadas,
finas porcelanas de Sevres, una amplia representación de
las artes chinas y japonesas, espejos venecianos que devuelven
siempre la imagen mejorada, colecciones de vajillas cubanas en
plata y porcelana, abanicos de diversos materiales y orígenes,
preciosas lámparas de opalina y cristal de roca, tapices,
alfombras y armas antiguas.
El valor monetario de estas muestras refleja fielmente cuánta
riqueza se acumulaba en Cuba, gracias -por desgracia- a la explotación
del trabajo esclavo en la industria azucarera, que llevó
a la Isla al sitial de honor como colonia española más
productiva. No faltan en estas salas valiosos cuadros de artistas
cubanos y extranjeros. Y en las estancias que siglos atrás
ocuparon las oficinas del gobierno militar de España, se
muestran ahora sus banderas y armamentos.
Pero sin duda, la sala más visitada e imponente de este
museo es la dedicada a las banderas cubanas. Permanece perfectamente
climatizada y con una luz muy tenue. Desde que uno penetra la
emoción lo embarga. Cada bandera muestra huellas indelebles
del paso del tiempo y la guía va detallando en cuántos
combates, guerrillas y acciones del pueblo, han servido ellas
de acicate. Para el cubano, su enseña nacional ocupa el
primer lugar en sus afectos y cuidados.
Después del grato paseo que supone recorrer todas las
salas, llega el momento del descanso, y para tomar el fresco agradablemente
instalados, podemos bajar al patio interior, amplio y lleno de
colorido. Una estatua del Gran Almirante genovés Cristóbal
Colón, preside el lugar y ya frente a él cuesta
un esfuerzo considerable dejar de mirarlo, pues su personalidad,
decidida y voluntariosa se nos impone. No fueron festinados los
nombramientos que le concedieron los Reyes de España: Almirante
del Mar Océano, Virrey y Gobernador.
De Colón, escoltado ahora por dos palmas, símbolos
de cubana, se despide el visitante con la seguridad de haber incrementado
su acerbo cultural. Bien que andaríamos los hombres y mujeres
si nos mantuviéramos unidos en el interés de entregarnos
siempre, sin exigir recompensas, sólo por el sano placer
de ascender en la escala humana. |