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Camagüey es una ciudad que encanta y atrapa. Después
de conocerla, en algo nos cambia la vida. Sus plazas, iglesias
y parques son únicos y hasta el lugar más modesto
conserva el encanto del pasado colonial.
El centro histórico goza de buena salud y merece ser recorrido
con calma. Museos, centros culturales, restaurantes y tiendas
salen enseguida al paso de cualquier transeúnte. Y si usted
desea, además, volver a casa con otro color y mejor semblante
no olvide visitar la playa Santa Lucía, cuenta con
21 kilómetros de fina arena y atesora una barrera coralina
catalogada como la mejor del hemisferio occidental.
Ya en la costa es casi obligado llegarse a los cayos.
Bosques de caobas, cedros y ceibas, flores, plantas endémicas,
cientos de aves, iguanas y tortugas lo esperan para ofrecerle
las bondades de un ecosistema virgen, donde la mano del hombre
ha construido magníficas instalaciones hoteleras, respetando
siempre lo que la sabia naturaleza demoró miles de años
en crear. No faltan los visitantes que arriban a esta zona confiando
en su buena suerte y soñando con descubrir algún
tesoro pirata escondido.
Tesoros también buscaban los que allá por el lejano
siglo XVI sentaron las bases de la ciudad de Santa María
del Puerto del Príncipe. Mucho después, en 1903,
los pobladores de entonces olvidaron el legendario nombre para
llamar Camagüey a su ciudad, como homenaje a al cacique aborigen
así nombrado, y líder de la zona a la llegada de
los conquistadores españoles. Camagüey, hombre
hospitalario y afable, encontró muerte violenta en las
manos de aquellos hombres blancos, los mismos que habían
sido recibidos con amoroso agasajo. Su cadáver rodó
pendiente abajo y allí fue abandonado. Se dice que gracias
a la sangre derramada por este nativo cubano, las tierras del
lugar tornáronse para siempre rojas.
En la actualidad, tan sólo por conocer sus calles, vale
la pena visitar Camagüey. Ellas delatan al cubano laborioso
y amante de lo bello. Desde la distante Noruega importaron los
adoquines, que luego fueron colocados por manos de artistas hasta
formar en los pisos urdimbres de hermosas figuras.
Estas calles son testigos de más de una historia. Son
largas y con profundas curvas, cual mujer voluptuosa que se acomoda
en silencio al cuerpo de su hombre. Y cualquier buen vecino cuenta
que fue la necesidad de huir de los ataques piratas, muy frecuentes
en la época, la causa de un diseño tan complicado
y sinuoso. Razón tenían, pues en 1603 sólo
el famoso "pata de palo" Henry Morgan saqueó
la ciudad totalmente y aún, antes de retirarse, exigió
500 reses como rescate. El señor pirata se las traía
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