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Como con prisa transcurre el año cuatro del siglo XXI.
Y con amor nos acoge de nuevo la villa de Santa María del
Puerto del Príncipe, en la actualidad ciudad de Camagüey,
lugar donde la creación hizo finezas y el hombre mostró
esmero.
La invitación de hoy es para conocer algunas de las muchas
iglesias camagüeyanas. Las mismas que soportan siglos sobre
sus muros y que retando el paso destructor de los años,
se nos presentan vitales, regias, muy bien cuidadas.
Para comenzar, el templo de La Merced es buena opción.
Pero por favor, aguce el oído, el silencio aquí
es sonoro, cual música de fondo
La laguna nunca fue de fiar; quizás por sus turbias e
inquietas aguas. Pero ahí estaba desde los tiempos lejanos.
Un día cualquiera, cuando recién andaba de estreno
la centuria XVIII, oyéronse escalofriantes gritos y llantos
-¿humanos?- provenientes de los tupidos matorrales nacidos
en los márgenes de la extraña laguna. Después
se escucharon caer cientos de árboles derribados con burdos
hachazos.
Pasaban los días y ningún buen vecino osaba curiosear,
más no fue necesario, pronto, una noche de luna llena sirvió
de iluminación al escenario de donde surgía, de
las propias entrañas de la tierra, una hermosa iglesia
muy blanca. La laguna había desaparecido y llegar caminando
hasta el nuevo templo resultaba fácil. Un bondadoso sacerdote
aguardaba por los fieles, a los cuales recibía con muchas
bendiciones y una bella cruz en las manos.
Origen milagroso tuvo este templo, la iglesia de La Merced, pero
pasaron muchos años y como entre los defectos humanos está
la mala memoria, se olvidó la historia. "Nos merecemos
una iglesia más grande y lujosa", pedían los
vecinos. Y a un hábil maestro de obra le encargaron la
edificación. Fatal para él. El mismo día
de la inauguración desapareció sin dejar rastros.
Unos atestiguaron haber visto cómo la tierra se lo tragaba
y otros, que el mismísimo diablo se lo había llevado
envuelto en su propia capa roja.
Y La Merced no es la única. Le aseguro que cada templo católico
camagüeyano posee su propia leyenda, donde nunca está
ausente la mano divina. En estas estancias sagradas usted siente
como si el silencio fuera a la vez manto protector y voz pausada
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