EL TINAJON: SIGNO Y SIMBOLO

                                                                                                Por  Carlos Castro Sánchez

      Entre las siete primeras villas fundadas en el archipiélago de Cuba está  la de Camagüey – entonces Santa María del Puerto del Príncipe -, con fecha 6 de enero de 1528. Casi desde el comienzo se presentaron serias dificultades con las escasas precipitaciones y el abastecimiento de agua corriente. Esto condujo a la búsqueda de alguna alternativa para mantener los asentamientos humanos allí establecidos.

 Así,  aunque se dice que el origen del tinajón es andaluz y que lo llevaron a la Isla desde esas tierras europeas donde se utilizaba para conservar los aceites, especialmente el de olivo; lo cierto es que, en todo el Camagüey resultaba fácil hallar suelos arcillosos y dar con barro de excelente calidad. Es decir,  no fue nada complicado hacerse de la  materia prima para los primeros recipientes destinados a almacenar el preciado líquido.

La fabricación de tinajones camagüeyanos comienza a principios del siglo XVII (barro cocido); eran situados en los patios de las casas donde, al comenzar la temporada de lluvias, se esperaba que el primer aguacero limpiara los tejados y luego comenzaban a llenarse mediante curiosos sistemas de canales, construidos inicialmente de madera y después, de hojalata o latón al igual que sus tapas.

 Apenas dos siglos después se consideró exagerada la existencia de estos recipientes en las casas de la ciudad, por lo que se detuvo su fabricación. Un inventario realizado en diciembre de 1900 reveló que los tinajones existentes en Puerto Príncipe, alcanzaban la cifra de 16 mil 483.

Aunque en la actualidad tiene como  función principal el uso ornamental, tal como aseguran los entendidos, en  Camagüey no hay prácticamente un patio que carezca de tinajón. Con su característica redondez de barro, está en todas partes.  Por eso constituye  signo y símbolo de esa tierra cubana donde predominan las grandes sabanas.

 

“ AGUA DE TINAJON”

(Poema de Aurelia Castillo, poetisa camagüeyana de finales del siglo XIX)

Agua santa de este suelo
en que se meció mi cuna,
agua grata cual ninguna,
que bajas pura del cielo.

Yo te beso con anhelo,
casi con mística unción,
pues creo que tus gotas son
de mi madre el tierno llanto
al ver que me quiere tanto
Camagüey, tu corazón.

 

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