Castillo de la Real Fuerza
Un museo poco común
Por Mirta Núñez Pampín
Hasta
hace un momento yo creía que estábamos comenzando el siglo XXI, pero ahora..,
no entiendo nada. Estoy aquí, frente a un viejo Castillo, aunque no veo ningún
rey. Y mejor me apuro, el puente levadizo está subiendo y pretende impedir mi
entrada.., vaya, y lo logró... Mejor doy una vuelta por los alrededores, quizás
encuentre algo interesante.
Lo
primero que veo es una hermosa plaza, me cautiva la vegetación que la adorna,
es de un verde precioso. También descubro otras edificaciones antiguas y muchos
comerciantes de libros de uso.
Junto a
mi pasa una morena vendedora de flores y le pregunto sobre el Castillo. Me mira
con curiosa insistencia y casi con burla dice:
-Es El
Castillo de la Real Fuerza. ¿Viene de visita?
-¿Yo..?
.., no…, digo sí, pero…
La
morena sigue su andar voceando la mercancía. Y pasan coches y quitrines,
mujeres muy ataviadas, negros mal vestidos y hombres con levitas y sombreros.
Seguro
esto no es más que la mala pasada de un sueño, pienso, sin embargo me pellizco
y me duele.
Observo
con detenimiento el Castillo. Su perfecta simetría me recuerda las construcciones
renacentistas italianas y francesas del siglo XVI. Por su estructura, los
cañones que lo defienden y la posición frente a la bahía es fácil deducir que
fue concebido para la defensa de la ciudad. Y sé que cuando Cuba era colonia de
España, los españoles trataban de proteger La Habana del ataque de piratas y
corsarios. Es decir, hasta ahí, todo se ajusta.
Alrededor
del Castillo, un foso con agua torna difícil el acceso, por eso espero que el
encargado de accionar el puente se distraiga para entrar. Lo logro. Dentro, la
pátina del tiempo se hace presente, la iluminación es tenue y descubro grandes
salones que bien me hubieran servido para celebrar mi boda por todo lo alto.
Lo raro
es que junto a lo antiguo aparecen, como objetos anacrónicos, algunos muebles
modernos y muchos objetos de cerámica. Voy logrando recorrer el Castillo. Es grande.
Avanzo con cuidado, poniendo todo mi interés en el área frontal. Descuido los
laterales y entonces casi tropiezo con él. Está protegido por una armadura de
hierro, es pequeño y muy fuerte. Me toma del brazo con toda la delicadeza que
su vestidura metálica le permite. Me cuenta que este Castillo ha servido de
vivienda, en épocas de la colonia, a varios Capitanes Generales y puesto a buen
recaudo grandes cantidades de oro, plata y otras mercancías llegadas de las
propiedades españolas aquí en América y en tránsito hacia la metrópolis.
-Claro,
estas son historias viejas. Ahora,- me dice con entusiasmo -, somos el Museo de
la Cerámica Cubana.
Con
mucha amabilidad me acompaña hasta la puerta y con una reverencia se despide.
Cien en caballerosidad, hombre de hierro, y muchas gracias.
Ya en
la calle, adoquinada como en la antigüedad, tropiezo de nuevo con la vendedora
de flores.
-¿Todavía
por acá..? – Me dice ofreciéndome una bella flor envuelta en celofán.
¿Celofán
en el siglo XVI? Me pregunto a mi misma. Cada vez entiendo menos.
– Pobre de usted – comenta casi con lástima
la florista. –Le aclararé algunas cosas. Realmente estamos viviendo el siglo
XXI y nos encontramos en La Habana Vieja, declarada Patrimonio de la Humanidad
por la UNESCO.
“Aquí
conviven en perfecta armonía lo antiguo y lo moderno, lo de un ayer lejano y lo
que parece ser del mañana. Vivimos exactamente el año 2003.
“Espero
que ahora pueda continuar tranquila su andar, y si acepta un consejo ahí le va,
viva con alegría el presente sabiendo que aquí puede tocar el pasado con sus
manos. Chao”
Me
despido de ella agradeciendo una explicación que buena falta me hacía. Todo resultó
como un viaje en el tiempo. Y valió la pena.
Ya me
alejaba cuando escuché unos silbidos.
-Psi, psi… Señora, mire para acá por favor.
¿Quién
será ahora? Me pregunto intrigada.
-Soy
yo, La Giraldilla. No se marche sin conocerme. Suba la vista hasta la torre del
Castillo.
“Soy
una escultura realizada en bronce y me precio de ser la más antigua pieza
cubana de este tipo. Mido 107 cm, mis líneas son muy sensuales y en la mano
derecha sostengo una rama de palma y en la izquierda, la bandera distintiva de
una orden militar española.
“Me
colocaron aquí solamente como veleta, pero soy tan linda y peculiar que he
logrado llegar a ser el símbolo de La Ciudad. ¿Qué tal me ve?
Realmente preciosa y es un gusto conocerla.
Si quiere.., mas ya no me escucha. Un fuerte viento la hizo girar en otra
dirección.
A estas
alturas estoy valorando si no será interesante dar de nuevo un paseo por los
alrededores del Castillo. Quizás logre tropezar con un pirata pata de palo y
parche en ojo incluido. Me encantaría escuchar historias de barcos hundidos y
tesoros encontrados. Lo intentaré.
I
nostri articoli – Castillo de la Real Fuerza – por Mirta Núñez Pampín para www.lovelycuba.com