Palacio de los Capitanes Generales, donde el
tiempo no pasa
Especial
para Lovelycuba.
Por
Mirta Núñez Pampín
Los
Capitanes Generales de esta Isla eran señores poderosos, sí señor que lo eran y
Felipe de Fontesviela, Marqués de la Torre por más detalle, fue quizás el
paradigma. Como dato curioso baste decir que se hizo construir, entre los años
1776 y 1791, un palacete citadino, tan colosal que en cierta ocasión un negro
esclavo se extravió y fueron necesarias muchas horas para encontrarlo, al final
del cuento, y como lección, resultó azotado.
Las
bases de este Palacio, tal vez para ganar la aprobación celestial, se
cimentaron sobre la recién demolida Parroquia Mayor, y el Marqués, en aras de
no aparentar egoísmo, cedió el ala izquierda de su ‘casita’ para la Cárcel
Pública y otras alas a las autoridades del Ayuntamiento.
Parece
increíble como hoy, después de tres siglos de existencia, esta construcción se
mantiene intacta. La pátina del tiempo aparece sólo como mudo testigo de tantas
y tantas cosas.., que si pudieran hablar... Dentro de este Palacio, si cerramos
los ojos y prestamos atención, no nos resultará difícil escucha el frufrú de
unas enaguas, la imponente voz del dueño de casa marcando las zetas o un
aldabonazo como anuncio de importante visita.
En la
actualidad, El Palacio de los Capitanes Generales ha sido convertido en Museo
de la Ciudad, haciendo justicia así a todos los cubanos que antes teníamos
negado un acceso que por derecho era nuestro. Son una treintena de salas las
que van llevando de la mano al visitante a través de la historia de Cuba.
En la
planta baja, en la zona que antaño sirvió de cochera, en este momento se
muestra una buena colección de carruajes antiguos, como quitrines, berlinas y
transportes colectivos. Una máquina de vapor ocupa lugar destacado junto a los
primeros carros de bomberos con equipos y vestuarios.
En el
entresuelo aguardan exposiciones de estatuas y lápidas, casi todas esculpidas
sobre magníficos mármoles italianos. Muchas de estas estatuas, respondiendo a
los mandatos de la moda del siglo XIX, sirvieron antes de ornamentos en plazas
públicas y jardines.
Si
hasta este instante del recorrido el visitante no ha sentido azuzada su
curiosidad, que prepare sus sentidos para emociones más fuertes. La planta alta
no lo dejará impasible. Es el área principal del Palacio y allí podrá apreciar
mobiliarios y decoraciones de épocas pasadas, finas porcelanas de Sevres, una
amplia representación de las artes chinas y japonesas, espejos venecianos que devuelven
siempre la imagen mejorada, colecciones de vajillas cubanas en plata y
porcelana, abanicos de diversos materiales y orígenes, preciosas lámparas de
opalina y cristal de roca, tapices, alfombras y armas antiguas.
El
valor monetario de estas muestras refleja fielmente cuánta riqueza se acumulaba
en Cuba, gracias –por desgracia- a la explotación del trabajo esclavo en la
industria azucarera, que llevó a la Isla
al sitial de honor como colonia española más productiva.
No
faltan en estas salas valiosos cuadros de artistas cubanos y extranjeros. Y en
las estancias que siglos atrás ocuparon las oficinas del gobierno militar de
España, se muestran ahora sus banderas y armamentos.
Pero
sin duda, la sala más visitada e imponente de este museo es la dedicada a las
banderas cubanas. Permanece perfectamente climatizada y con una luz muy tenue.
Desde que uno penetra la emoción lo embarga. Cada bandera muestra huellas
indelebles del paso del tiempo y la guía va detallando en cuántos combates,
guerrillas y acciones del pueblo, han servido ellas de acicate. Para el cubano,
su enseña nacional ocupa el primer lugar en sus afectos y cuidados.
Después
del grato paseo que supone recorrer todas las salas, llega el momento del
descanso, y para tomar el fresco agradablemente instalados, podemos bajar al
patio interior, amplio y lleno de colorido. Una estatua del Gran Almirante
genovés Cristóbal Colón, preside el lugar y ya frente a él cuesta un esfuerzo
considerable dejar de mirarlo, pues su personalidad, decidida y voluntariosa se
nos impone. No fueron festinados los nombramientos que le concedieron los Reyes
de España: Almirante del Mar Océano, Virrey y Gobernador.
De Colón, escoltado ahora por dos palmas,
símbolos de cubana, se despide el visitante con la seguridad de haber
incrementado su acerbo cultural. Bien que andaríamos los hombres y mujeres si
nos mantuviéramos unidos en el interés de entregarnos siempre, sin exigir
recompensas, sólo por el sano placer de ascender en la escala humana.
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