El Museo de Guanabacoa, vitrina de creen
Por
Mirta Núñez Pampín
Fotos
El que
visite la capital cubana tendrá, necesariamente, un acercamiento ‘en vivo’ al
profundo proceso cultural que se vive en todo el país. Nuestros artistas son
aplaudidos en el mundo entero y magníficos intelectuales sientan pauta con sus
obras.
Pero no
es posible hablar de cultura nacional sin nombrar las religiones cubanas de
origen africano. Sus huellas aparecen tangibles en el cine, la literatura, la
plástica, en fin, en todo quehacer artístico, en la vida misma.
Por eso
resulta imprescindible reconocimiento a nuestros abuelos africanos y a sus
creencias mágico-religiosas el Museo de Guanabacoa, situado en la villa del mismo
nombre y cuna prolija de prestigiosos hombres de letras y ciencias. Visitarlo
resulta, hasta para los neófitos en la materia, el descubrimiento de un mundo
pleno de misticismo y colorido, donde cada imagen, altar, ofrenda, atributo y
vestidura aportan conocimiento ancestral y juicio certero. Además, uno logra
comprender con facilidad como y por qué ocurrió el proceso de transculturación
de los elementos africanos en el ámbito cubano.
El
Museo está instalado en una gran casa colonial de bellos pisos, salones
espaciosos y un divino patio interior, donde, si lo desea, puede descansar y
respirar el aire limpio y fresco del entorno. También cuenta con un equipo de
museólogos de alta profesionalidad, que muestran al visitante una galería etnológica
utilizada como referencia a los tres cultos afrocubanos fundamentales, que a
mediados del siglo XVI llegaron a la Isla y en la actualidad se muestran con
tremenda fuerza en la cotidianidad cubana.
En el recinto
dedicado a la Regla de Ocha o Santería –ritos y creencias traídos a Cuba desde
Nigeria- , se puede contemplar, entre otras representaciones, la réplica, a
tamaño natural, de un negro babalawo (o
babalao), sacerdote de la religión yoruba, listo para predecir el futuro, y
un trono de Obbatalá, deidad mayor,
representante de la paz, la inteligencia y la pureza.
En otra
sección está la sala destinada a resaltar la Regla de Palo Monte o Regla Conga,
cultura introducida por los negros congos, hombres arrebatados de los territorios
que hoy ocupan Angola y el Congo y que llegaron a Cuba como esclavos. Allí se exhibe
una nganga palera, recipiente de
hierro que contiene disímiles elementos y donde se dice que habita un espíritu
con poderes suficientes para ayudar a su dueño ante cualquier dificultad y
complacerlo en sus pedidos.
Y no
podía faltar una referencia obligada a la misteriosa y machista confraternidad
Abakuá, que procedente de la región del Calabar, estableció sus raíces
fundamentales en las provincias de La Habana y Matanzas. Sociedad que no sólo
niega su acceso al sexo femenino, si no donde además sólo pueden militar
hombres de valor probado. Ya lo dice su lema: “Para ser hombre no hace falta
ser Abakuá, pero para ser Abakuá si hace falta ser hombre”.
Leyendas,
costumbres y tradiciones acompañan al visitante por todo el recorrido y
realmente el tiempo parece muy corto para el descubrimiento de una cultura
popular, tradicional y a la vez actual, con un bagaje de sapiencia que
impresiona y unos pataquies
–historias- que suscitan la reflexión.
Pero
como en pocas líneas no es posible explicar todo este entretejido
socioeconómico, religioso y cultural con una bien organizada estructura
intelectual, lo convido a que busque cuál es el avatar, así llaman a los caminos de los Orichas o deidades
africanas, que puede conducirlo a la villa guanabacoense.
Por mi
parte, ahora es que comprendo ciertos secretos hogareños que en mi infan
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